Records i relats · · Castellà
Siempre arriba y abajo
Siempre arriba y abajo, y no solo por las pedregosas y retorcidas calles, también en mi casa, ¿cómo puede mi esposa resistir así todo el día? Abajo el zaguán, las cuadras y los animales domésticos. En el primer piso la cocina, que lo mismo sirve para cocinar, convivir, y descansar cuando hace frío arropados por el fuego del hogar (pero la leña está abajo, hay que subirla) y también están los dormitorios. En lo alto, el desván, allí están los cuartos donde se guarda el grano y los alimentos no perecederos.
No podemos renunciar a nuestros orígenes, estamos limitados por la arquitectura medieval del pueblo, es difícil avanzar en el desarrollo que traen los nuevos tiempos, vivimos a las puertas del siglo XX.
Quien me iba a decir a mí, Manuel Agut, que en mi madurez tendría el cargo de alcalde del pueblo. Este es el momento adecuado. No me importa ceder parte de terreno propio para iniciar un ensanche en la parte baja de la ladera, edificar mi nueva vivienda y animar a los vecinos que hagan lo mismo, necesitamos espacio para trabajar en nuestros oficios, también tener más fácil acceso a las comunicaciones. Es difícil realizar cambios, pero a veces necesarios, y voy a intentarlo.
Y la historia.
Hoy nuestro coche familiar va completo, tras mucho insistir mi madre nos acompaña, pasaremos el día visitando alguno de los bonitos pueblos del interior.
El campo bulle de vida, los almendros floridos extienden una alfombra blanca y rosada bordeando la carretera por donde pasamos. Hemos llegado a nuestro destino. Es un hermoso pueblo con restos de un castillo en lo alto que nos habla de su lejana historia. Desde la planicie, edificios más recientes trepan suavemente hasta llegar cerca de los restos de la muralla que protegen las casonas y edificios con escudos de órdenes militares casi olvidados, y también a las casas más humildes, todas de piedra, con heridas por el paso del tiempo y que conservan intacta su sobria dignidad.
Mi madre no ha subido con nosotros, se ha quedado en una plaza cuya calle recta llega hasta las jambras que quedan de la muralla, allí, acompañada de su perrito Listo nos espera. A nuestra vuelta, la hemos visto conversar con un vecino señalando una antigua placa de piedra labrada que está en la esquina de una casa, mirando hacia el histórico pueblo medieval, su cara tiene una expresión desconocida para nosotros.
Casi sin voz, abrazada a su perrito dijo: La historia fue difícil, nunca os lo he contado: Al quedar huérfana de madre, mi padre rehízo su vida, formó una nueva familia, yo era muy pequeña, mis recuerdos son confusos, me criaron mis abuelos maternos en otro lugar, jamás se mencionó mi otra familia, como si no hubiera existido, ya de mayor, supe que mi padre descendía de este pueblo. Ni me buscaron ni les busqué, cerré este capítulo de mi vida. El señor con el que conversaba, entre otras cosas me ha dicho: esta antigua placa está dedicada a quien promovió y ensanchó la parte baja, dice así: Al Señor Don Manuel Agut benefactor de este pueblo.
Y ahora yo, María Gracia Agut, que nací en 1918, a mis 67 años he encontrado mis raíces. El nombre que pone en la placa era mi abuelo, al que nunca conocí ni supe de él, hasta hoy.
Paquita.
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